El Eurogallo de Manel

15/05/17|Super Falete

Lo leí el día anterior en los nuevos posos del café que son las casas de apuestas deportivas: Manel, el representante de España en Eurovisión, era quien menos opciones tenía de ganar Eurovisión. Quién iba a decirnos que este pronóstico era optimista.

Comenzó el festival de Eurovisión y fueron desfilando todos los países europeos clasificados, excepto Rusia que hizo un boicot y se negó a participar. Qué envidia los rusos, porque nosotros tuvimos que ver y escuchar a Manel, que salió en decimosexto lugar. El tiempo suficiente para ver que otros países se habían tomado esta edición como un festival de la canción y no otra cosa, especialmente Portugal.

Apareció Manel y todo era peor de lo que recordaba tras mi breve escucha de la canción en la radio, antes de asegurar mis tímpanos con el London Calling. La composición es horrible, infumable, insalvable. Y el intérprete, ustedes me perdonarán, está más próximo a un soltero de despedida en un karaoke que a un profesional de la canción. Todo un despropósito. Había que sumar la puesta en escena, que parecía sacada de un mal episodio de Hawaii 5.0. Qué camisas, qué espanto todo.

Por si todo fuera poco, se sumó un gallo. No hablamos de cualquier ave, no. Era el gallo Claudio. Era el gallo de Morón. Era el gorrión del chiste que cantaba “¡PÍO, PÍO!” en la rama. Era la reencarnación del mal, la puerta del castillo de Drácula que se abría chirriando, la uña en la pizarra del profesor. Era el chirriar de dientes del que nos advertía San Lucas. Era, en suma, todo el Libro del Apocalipsis con trompetas desafinadas.

Avanzaban las votaciones y seguíamos con cero puntos. Cero patatero. Ni siquiera el eurofan australiano que enseñó el culo nos podía restar protagonismo porque ya éramos los reyes de la noche. Desde Salomé no habíamos llegado tan lejos, pero el sábado volvimos a tocar el cielo. Manel nos unió a todos más que el gol de Iniesta. Gracias por tanto.

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